Quiero y espero, que el mundo, que la sociedad, esté preparada para estar cerca tuyo. Para abrazarte cuando estés nervioso, para entenderte si les gritás y para entrar a tu mundo si los dejás.

Tengo un sueño muy recurrente. Ya me pasó siete u ocho veces, o más. Sueño que nos encontramos. En el colegio, en la plaza de Martínez y otras veces no llego a definir dónde estamos. Seguís con tu melena rubia, casi blanca. Estás más alto y tus ojos celestes siguen siendo perfectos. Conozco muy poco sobre el tema de los sueños, pero dicen que cuando se repiten varias veces, por algo es.

Te conocí en marzo del 2015, pero me hablaron de vos unos días antes. Ese febrero, Luciana, la coordinadora de las integraciones del colegio, me interceptó en el pasillo y me dijo que ibas a ser mi alumno. Una mezcla de sensaciones entraron por mi cuerpo: nervios, miedo y alegría.

Le dije que no me sentía capaz, que no conocía nada del tema, que me daba vergüenza tener otra maestra adentro de la clase todo el día y un par de cosas más. Investigué sobre tu diagnóstico por internet y le pregunté a una amiga que estudiaba psicología cómo podía ayudarte, qué estrategias usar. Sinceramente, no me acuerdo nada de lo que leí ni de lo que charlé con ella.

Ahora sí, llegó el primer día de clase. Ya había pasado la formación, cada grado estaba en su clase. Nosotros ya estábamos sentados en el piso en una ronda, sólo faltabas vos. Llegaste. Creo que fue Luciana la que abrió la puerta. Me acuerdo tu cara pero principalmente tu ENORME sonrisa y tus ojos que estaban a punto de explotar. Tu mamá emocionada miraba desde atrás. Entraste y te sentaste en la ronda con Ro, la maestra que te acompañaba.

Creo que no pude disimular los nervios que me agarraron en ese momento. Mentira, eran mezcla de nervios y alegría. Ahí estabas, te conocí. Las primeras semanas, no sabía cómo entrar a tu mundo. Te llamaba desde lejos pero no me escuchabas, te sentaba en cualquier parte de la clase y te hablaba como si fueras un bebé. ¿Por qué?  No sé.

Decidí empezar a observarte y acercarme a vos despacio. Quería entrar a tu mundo, de a poco, y sólo si vos me dejabas. Y me dejaste, muy rápido. Me dejaste gracias a tu equipo, a tu familia, a Ro y a vos, que tenías ganas de que yo entre. Empezamos a jugar juntos en los recreos. Con Woody, con tus cartas y figuritas, con tus cereales y galletitas, a la mancha, a correr con tus amigos Vicky y Joaco y muchas otras veces, a mirar. Sí, mirábamos. Vos mirabas adentro tuyo, metido en tu mundo y yo te miraba a vos. Hasta que empezabas a armar historias en tus manos al frente de tus ojos y ahí yo tenía que interrumpir esa historia paralela y traerte otra vez a este mundo. Lo hacía con algunas cosquillas, algún abrazo, alguna palabra. Mientras tanto, ni te enterabas que pasaban otros chicos corriendo por al lado tuyo y que volaban pelotas por encima de tu cabeza. Con Ro hicimos un equipo que fue una cosa espectacular. Me olvidé que había otra persona adentro de la clase. Hacíamos todo por y para vos.

¿Mi momento preferido de día? Cuando empezaba a escuchar tus gritos y tu mochila con rueditas que se acercaban a la clase desde el pasillo. Abrías la puerta y yo tenía que descifrar cómo estabas ese día. Si tú gritó se escuchaba fuerte desde varios metros atrás, probablemente estabas algo enojado, si abrías la puerta casi llevándotela por delante significaba que estabas muy contento.

Con Ro buscamos lugares estratégicos para que te distraigas lo menos posible. Mirando para la puerta, te distraías con las personas que pasaban y su sombra se veía a través de la ventana. Fuimos cambiándote varias veces, pero lo bueno es que siempre estabas cerca de mí.

En la hora de lectura, vos y Joaco se peleaban por quien se sentaba arriba mío, era difícil que alguno de los dos diera el brazo a torcer. Ustedes se amaban y eran los principales enemigos en muchas cosas. En mis horas libres, me encontraba con vos en el kiosco. Charlabas con el kiosquero, te comprabas tus FlynPaff rosas, nos quedábamos corriendo por el patio, perseguías a las palomas, les charlabas, pero después de un rato cada uno tenía que volver a sus responsabilidades. Yo tenía que corregir y vos tenías que volver a la clase que te tocaba en ese momento.

¿Sabés la cantidad de veces que tenía el recreo libre y solo salía al patio para jugar con vos? Para charlar juntos, para charlar con Ro sobre vos o simplemente para observarte. La que se armaba si algo salía de la estructura escolar. ¿Pato no venía ese jueves para dar la clase de catequesis? Con Ro, te hacíamos prestar especial atención al pizarrón para que veas mis intentos de dibujos, diagramas, oraciones o lo que sea, explicando que ese día no tenías Catequesis. Te lo hacíamos repetir para saber que lo habías entendido.

Nos estábamos llevando muy muy bien. Hasta que un día Ro se fue dos minutos de la clase, vos te diste cuenta un poco tarde y quisiste salir corriendo. Yo corrí rápido a cerrar la puerta y te tiraste al piso gritando, te abracé y me mordiste el brazo.  Una angustia enorme entró por mi cuerpo, pensé que ya nos entendíamos completamente, pero no. ¿No? Claro que sí, nos entendíamos. Sólo que esa era tu forma de comunicarte cuando las palabras no te salían y te ponías nervioso.

Cuando estabas muy contento, largabas toda tu energía con un gran grito de felicidad y tu letra cursiva era perfecta. Otras veces estabas más fiacoso, no tenías ni ganas de pintar y yo te extorsionaba con algún sticker para que por lo menos uses tu color preferido, el verde. Si estabas aburrido, repetías frases de alguna película o me contabas todas las estaciones de subte (que claramente yo no conocía ninguna) en orden perfecto.

Otras veces te probabas mi casco, tenemos una foto juntos riéndonos a carcajadas y vos lo tenés puesto. Lamentablemente, llegó fin de año. Yo no estaba cansada como las otras maestras decían, realmente no quería que se año termine.

Tengo que admitir que me daba muchos celos que el año siguiente fueras a tener otra maestra. Me daba envidia que formes con otra maestra, que ella pueda corregir tu cuaderno, escucharte en las clases, llamarte la atención para que no le saques los anteojos a Juana o no molestes a Joaco.

En octubre, empezaron los benditos ensayos del pesebre. Los ensayos que a Belu, Martita y a mí, tanta energía nos sacaban. Todo tenía que salir perfecto en diciembre para la entrega de premios y el acto de fin de año. Todos los papás iban a estar ahí, todos los alumnos del colegio también. Yo creo que no me hubiera animado a actuar. Pero vos lo hiciste. Hablaste al frente de todos junto con Trini. No sé si vos te acordás, pero todo el teatro te aplaudió y a mí se me cayeron unas pesadas y grandes lágrimas de emoción que no pude disimular. Estabas ahí. En el escenario, disfrazado, con luces que te iluminaban, que daban calor, con más de 200 personas mirándote y lo hiciste perfecto.

Te merecías un regalo. Por todo el año, por todo lo que habías crecido, por dejarme entrar a tu mundo, por tu semejante actuación de ese día. Te regalé un CD. Sabes que no me puedo acordar si te dí el de María Elena Walsh (ese que escuchábamos en la clase cuando era el momento de pintar, te sabías absolutamente todas las canciones y su orden. ¿Tu preferida? El Mono Liso) o el instrumental de las canciones de los Beatles (Ese no te gustaba mucho escucharlo en clase, era la banda que compartías con tu papá y tus mundos no siempre se podían mezclar)

Ese mismo fin de año, tenía mi muestra de fotografía. ¿Sabías que la hice para vos? Quería representarte a vos y a todos los chicos que compartieron ese año la clase al lado tuyo. Todos ustedes estaban representados con lápices de colores, su herramienta de trabajo diario. En algunas partes de las fotos, los lápices de diferenciaban, pero en otras, se camuflaban y mezclaban. Estaban juntos, eran iguales, estaban incluidos unos con otros. Cómo vos lo estuviste todo el año y espero que lo estés siempre.

Al año siguiente, más de una vez pasé cerca de tu fila para saludarte. Sí, te extrañaba y definitivamente estaba celosa de tu nueva maestra. Una vez, ya en el 2016, vos saliste en hora de clase a pasear y nos encontramos en el patio. Yo estaba atrasada con la corrección y estaba yendo a sala de maestros. Pero no lo pude evitar, nos fuimos a la canchita de fútbol con Ro y nos sentamos a charlar. ¿La corrección? Chau. Me contaste que una abeja te había picado el fin de semana, me chusmeaste las cosas que estaban pasando en segundo grado y espiaste mis cuadernos de primer grado que tenía para corregir. Mirabas feliz y te acordabas de varias cosas que vos habías trabajado conmigo el año pasado. Miraste especialmente las fotocopias de “La corona del rey” el libro que habíamos leído y también leía con mis alumnos nuevos de primero. Me diste un abrazo y charlamos como nunca. Pagaría por volver a ese momento.

Gracias Felipe.

Gracias por enseñarme a ver la vida con otros ojos.

Gracias por dejarme entrar a tu mundo.

Gracias por jugar conmigo en los recreos.

Gracias por tus abrazos.

Quiero y espero, que el mundo, que la sociedad, esté preparada para estar cerca tuyo. Para abrazarte cuando estés nervioso, para entenderte si les gritás y para entrar a tu mundo si los dejás.

Espero, que mi sueño, deje de ser solo un sueño y se convierta en realidad. Que te cruce por algún lado y que te acuerdes de mí. Y si no te acordás, no pasa nada. Aunque no me lo llegues a demostrar, yo sé que no te olvidaste de los recreos que jugamos juntos. Yo sé, que en algún lado de ese mundo, todavía estamos jugando juntos con Woody y Ro.

Por Sofía Aragone