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Para poder hablar de esa intersección entre adolescencia y Trastornos del Espectro Autista, sería conveniente pensar primero en adolescencia, conceptualizar de qué hablamos cuando hablamos de adolescencia.

En principio nos podemos preguntar: ¿Se puede entender la adolescencia como un momento diferenciado dentro del desarrollo humano? ¿La adolescencia es el tiempo en el que el sujeto se replantea la definición personal y social, moviliza procesos de exploración, diferenciación del medio familiar, búsqueda de pertenencia y sentido de vida?

Sin dudas se podría afirmar que en nuestra cultura la adolescencia constituye una etapa evolutiva más larga de lo que fue para generaciones anteriores, pues le ha ganado terreno a la infancia por una parte y a la adultez por otra. La hipersexualización en edades cada vez más tempranas, situación que trae como consecuencia el acortamiento de la infancia. Se les exigen responsabilidades de adulto pero se les conceden derechos de niño, poseen un gran madurez cognitiva (en algunos casos) que contrasta con su gran inmadurez afectiva o emocional (en muchos casos); biológicamente están “preparados” para ejercer su sexualidad pero social y moralmente se los censura si lo hacen; jurídicamente se les concede el estatus de ciudadanos, pero social y políticamente se los trata como “cuasi-ciudadanos” al no tomar en cuenta sus necesidades y reivindicaciones.

Aunque reconocemos que existen pocos patrones universales de desarrollo de la conducta, que permitan formular la adolescencia como única tanto en su estructura como en su contenido, sino que las conclusiones generales acerca de los adolescentes se formulan dentro de un contexto sociocultural. Entendemos que en la adolescencia la situación de fuertes cambios físicos, sociales, afectivos y morales, más el incremento de las expectativas y demandas sociales, puede ser vivida como una crisis o como un desafío. El resultado en una dirección u otra, dependerá de la interacción entre la capacidad individual para enfrentarse con los nuevos retos, la disponibilidad de recursos, el apoyo social y la cantidad de desafíos en la situación concreta.

La construcción de la individuación desata duelos importantes para los padres y la familia en general. El duelo por la pérdida de su hijo-niño, el duelo por el adolescente que fantasearon, el duelo por su rol de padres incuestionados.

La familia ha dejado de ser el espacio privilegiado para confirmar las habilidades y autoestima adolescente, lo que genera para las figuras parentales el difícil desafío de lograr la capacidad de mantener y expresar, en estas nuevas condiciones, la aceptación de sus hijos adolescentes, lo que es siempre fundamental para su desarrollo. Los nuevos roles son ensayados y comprobados en grupos de pares y ámbitos de la sociedad más amplia.  Esto conforma nuevas condiciones para el desarrollo social que contribuyen a la diferenciación del grupo familiar y a la autonomía.

Es importante reconocer que para las y los adolescentes el amor y la amistad son preocupaciones muy valiosas.

Las relaciones intrageneracionales permiten afirmar la identidad y refuerzan los procesos de independización, diferenciación.  La identidad grupal condiciona y trasciende la identidad de cada uno de los miembros y brinda un espacio diferenciador de la familia.  El poder de un grupo es uno de los elementos constitutivos de esa identidad.

En la última fase de la adolescencia se espera que comience a evolucionar un proyecto de vida complementario con el proyecto familiar. Como una forma de enfrentamiento personal y social propio que se deberá ir poniendo a prueba en la práctica concreta y aportará a la consolidación de la identidad y los roles.  No se trata tanto de la elaboración de un proyecto planificado de principio a fin, como podía esperarse tradicionalmente, sino del compromiso con pasos y experiencias dadas en su presente, que constituyan vías flexibles hacia los roles y metas de acuerdo con la incertidumbre de los tiempos. Las figuras parentales enfrentan el duelo que provoca el desprendimiento físico del medio familiar por el adolescente.

Entonces: Mi hijo con TEA ¿cómo transita la adolescencia?

Si bien, de acuerdo a las investigaciones psicológicas se ha estudiado la adolescencia en sus definiciones, intentando delimitar sus características. A menudo, poco se la vincula con el estudio de TEA o de adolescentes con TEA, si no es en el estudio del repertorio de conductas que se intensifican en este tiempo, la rigidez, el incremento de conductas desafiantes, como el aumento en la frecuencia de las crisis. Pero poco nos detenemos a pensar que transitan la adolescencia con estas mismas necesidades y exigencias. ¿Por qué no, como cualquier otro adolescente?

De acuerdo a nuestra extensa experiencia en grupos de adolescentes con TEA buscan actividades compartidas con pares, en clubes, boliches, quieren pasar tiempo fuera de casa, buscan el apoyo emocional de los amigos, no disfrutan tanto de estar con sus padres o familia, o bien simplemente quieren “vagar” también, como cualquier otro adolescente que busca descomprimir la exigencia de lo institucional como sería la escolaridad, en este caso la abultada agenda de tratamientos.

Ahora bien, nos gustaría poner el acento en el aporte de Doltó, quien desarrolló que lo que más compromete la toma de autonomía y el cambio del adolescente es la ansiedad del adulto, quien le transmite la incapacidad y el malestar. La cuestión es si los padres y las familias podrán reconstruir un proyecto de vida con sus hijos aún atravesados por la condición de los mismos.

En línea con estas consideraciones, Albee en el estudio científico de la competencia socioemocional, realizó uno de los primeros intentos de categorizar condiciones protectoras y de riesgo, formulando con propósitos descriptivos en una ecuación lo siguiente: “un aumento de los determinantes orgánicos y del estrés contribuye a aumentar la incidencia de los problemas; factores que se sitúan por tanto en el numerador de la fracción. Mientras que un aumento en las habilidades de afrontamiento, la autoestima y los grupos de apoyo disponibles contribuye a reducir dicha incidencia; factores que se sitúan por tanto en el denominador de la fracción”

Werner y sus colaboradores también encontraron condiciones similares a las planteadas por Albee. Por ejemplo, plantean que factores constitucionales juegan un papel importante en el desarrollo en la infancia, siendo indispensable para las interacciones familiares (contexto primario para el desarrollo temprano); por su parte, la escuela es clave para la adaptación durante la niñez; y en la adolescencia (cuando el grupo de pares y otros aspectos de ese contexto social se vuelve crucial), la habilidad para desarrollar relaciones interpersonales al igual que sentimientos de bienestar acerca de uno mismo, se convierten en factores dominantes. Además, destacan que las relaciones con los padres son importantes a lo largo de este período de edad, pero las formas específicas cambian con el tiempo. Lo verdaderamente relevante es que en cada fase de la vida, parece que los factores trascendentales en las personas son aquellos que destacan en el contexto social en cada período evolutivo.

En el desarrollo de la competencia socioemocional desempeñan un papel fundamental tanto las relaciones con los iguales como las relaciones con los adultos, relaciones que se desarrollan en estrecha interacción, son complementaria, cumplen funciones diferentes y ninguna puede sustituir totalmente a la otra. Así, los adultos proporcionan el primer tipo de relación social que permite adquirir la seguridad o inseguridad básica y los compañeros entran en el contexto evolutivo posteriormente, representando la oportunidad para adquirir independencia y desarrollar estrategias más sofisticadas indispensables para intercambiar, negociar y cooperar.

Poder pensar a los hijos desde esta óptica seguramente no siempre alivia la tarea, el enorme desafío, la necesidad de ayudas o apoyos específicos para las conductas que se desatan o bien se incrementan. Sin embargo, humaniza. A los padres quienes transitan el aprendizaje de convivir con sus hijos adolescentes, y a los hijos, que tantas veces requieren lo de cualquier otro adolescente, salir, tener un grupo de amigos, tener interlocutores pares para sus intereses y necesidades, descubrir el mundo, experimentar de qué se trata vivir con otros.

Si los padres pueden ofrecer estos espacios sociales, afrontando sus temores, caminado pausado pero seguro, si pueden ofrecer estos relevos absolutamente necesarios para cualquier hijo, con o sin TEA, disminuirán los niveles de vulnerabilidad, impotencia y dependencia en sus hijos. Sin dudas un camino que vale la pena recorrer.

Lic. Natalia Bogado

Natalia es Licenciada en Psicología por la Universidad del Salvador (USAL). Especializada en Psicología Clínica de la Discapacidad por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Coordinadora General del GRUPO APRELIM (Grupo de Habilidades Sociales para jóvenes con TEA), desde el año 2008 a la actualidad

 

FotoAprende a ser positivo con tu hijo adolescente